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¿Cuál fue la religión de Akhenaton?

 

¿Qué le pasó al faraón Amenofis IV (o Amenhotep IV) para que rompiera de golpe con las tradiciones politeístas de su país e instaurara un culto a un dios único?
Un misterio histórico del que, por suerte, tenemos algunos retazos para entender esa postura. Todo empezó con una visión mística. O mejor dicho, con una aparición de un objeto luminoso que le revela cuál debe ser la nueva religión para Egipto. Según cuenta la leyenda, durante una cacería del león el faraón Amenofis IV (1364— 1347 a. C., según la cronología de Christian Jacq y de Josep Padró) tuvo un encuentro con un «disco solar resplandeciente», posado sobre una roca. Este latía como el corazón del faraón y su brillo era como oro y púrpura, según reza un papiro atribuido al mismo Amenofis, en su Canto IV al dios Atón. El faraón se postró de rodillas ante el disco, quedó traspuesto y empezó una nueva era...
Para muchos investigadores heterodoxos, el faraón habría sido testigo de un encuentro cercano con un ovni que él identifica como un «disco solar» prodigioso.
Amenofis era por entonces un joven monarca de la dinastía XVIII que no contaba con los triunfos y las conquistas de sus antepasados. Su carácter era más pacífico y contemplativo. Sin embargo, va a pasar a la historia por hacer algo que ningún otro faraón anterior se atrevió a hacer, ni siquiera a imaginar: derrocar a los viejos dioses y poner en su lugar al «bendito y gozoso Atón», un nombre que no era nuevo en el panteón egipcio. De hecho, en una inscripción de la dinastía XII se puede leer: «El subió al cielo y se fundió con Atón, el cuerpo del dios que lo había creado».
Se avecinaba una revolución religiosa en toda regla como jamás se había visto en Egipto, a la que se conoce históricamente como la «herejía de Amarna». Casi nadie le comprendió, pocos sacerdotes apoyaron esta postura, pero todos la acataron por la cuenta que les tenía. Encontró refugio en su esposa Nefertiti («la bella ha venido», que parece indicar un origen extranjero) con la que se casa en el segundo año de su reinado.
En el quinto año de su reinado es cuando tiene esa revelación y se produce el cisma religioso. Lo primero que hace es abandonar Tebas y fundar lejos de allí otra ciudad en la que se sienta más libre y pueda dar rienda suelta a todos los proyectos que quiere emprender. En el noveno año de su reinado crea la ciudad de Akhetaton, a unos doscientos ochenta kilómetros al norte de Tebas, que llegó a contar con veinte mil habitantes. La «ciudad del horizonte de Atón» se construye en la margen derecha del Nilo, y él se hace llamar Akhenaton, «el servidor de Atón». Sobre Akhetaton se levantó la población de Tell el-Amarna, que acabó por dar nombre a la época de Nefertiti y su esposo.
Desde ese momento, quedó proscrito el culto al dios poderoso Amón, que tenía sus principales templos en Tebas y al que se había adorado hasta que Akhenaton tuvo su extraña «visión». El siguiente paso fue prohibir el culto a Osiris, la divinidad de ultratumba que era tan querida e importante para su pueblo. Akhenaton prácticamente lo cambia todo: su nombre, la capital, el lenguaje, el arte y la teología. Ahora es el sumo sacerdote del nuevo y único dios, de la primera religión monoteísta, mil trescientos años antes de que naciera Jesucristo.

 

 

Amenofis IV cambia su nombre, la capital del reino, el lenguaje, la corte y la teología, todo en honor del dios Atón.

 

Tell el-Amarna fue elegido como el enclave mágico para la nueva capital, la «ciudad del Sol», porque nunca antes en ese lugar se había adorado a otra divinidad. Según Cyril Aldred, uno de los mejores egiptólogos del siglo XX, profundo estudioso de la época amarniana, la construcción de Akhetaton, la nueva capital, se debió a la necesidad de construir un hogar para el dios, al igual que sucedía con otras divinidades egipcias: Amón tenía su sede en Tebas, Ptah en Menfis, Khnum en Elefantina y Ra en Heliópolis. Ahora le tocaba el turno a Atón...
Tardó tres años en verse construida. Estaba totalmente diseñada y pensada para rendir culto al dios Atón. Como nos recuerda Nacho Ares en su obra Egipto insólito: «El propio nombre de la ciudad en jeroglífico, Akhetaton, puede resultar esclarecedor. Aunque literalmente signifique 'el horizonte del disco solar', Akhenaton pudo utilizar este término ya que le recordaba muy de cerca su extraña visión. El ideograma que viene a significar 'horizonte' en egipcio se escribe con el dibujo de un disco sobre unas montañas».
El descontento del pueblo, del clero y del ejército cada vez era más notorio. Pocos entendían este cambio tan radical y aparentemente tan absurdo en sus costumbres. Le empezaron a llamar el «faraón hereje», el faraón iluminado.
Uno de los símbolos del nuevo culto fue el Gran Himno a Atón, posiblemente compuesto por el propio monarca, de un alto valor poético y religioso, con estrofas tan simbólicas como la siguiente:
Hermoso es tu centelleo en el confín del universo
¡Oh, Atón viviente, que has existido desde toda la eternidad!
Cuando te alzas por el borde oriental del cielo
Colmas con tu belleza todos los países
Pues tu brillo y tu hermosura son inmensos.
El país iba perdiendo prestigio. Akhenaton no quería emprender ninguna campaña militar contra sus enemigos, era un pacifista convencido y no le interesaba cuidar las relaciones con sus antiguos arados, como era el rey de Babilonia. Se había aislado de lo que sucedía dentro y fuera de su imperio. Se perdió Nubia y con ella la mayor fuente de oro. El pueblo, sin embargo, le quería, y Akhenaton no era consciente de las conspiraciones que se estaban preparando a sus espaldas.
El inicio de su declive fueron las desavenencias que tuvo con su esposa, la reina Nefertiti. Ella no le había dado descendientes varones, sino seis hijas y en el año 12 de su reinado Akhenaton decide repudiarla y ella tiene que refugiarse en el palacio del Norte, un rugar exclusivo donde acabó sus días. Dos bandos enfrentados surgen entonces: los que siguen adictos a la bella Nefertiti y los fieles a Akhenaton, que sigue adelante con sus iluminados proyectos. Los días de vino y rosas se van terminando para la pareja real y muy pronto para la nueva capital y, sobre todo, para el culto al dios Atón. El egiptólogo Philipp Vandenberg insinuó que la propia reina, retirada en su palacio, habría preparado un golpe de Estado restaurador.
Lo cierto es que el faraón, llevado por la desesperación y la furia, mandó destruir todos los cartuchos e inscripciones en que aparecía el nombre de Nefertiti. El clero de Amón, siempre al acecho, junto con generales como Horemheb, se conjuran para derrocarlo, como así sucede. Akhenaton, el faraón solar, murió, joven aún, en el 1347 a. C.
Con la desaparición del faraón hereje, del «buen rey que amaba su pueblo», desaparece todo un periodo singular en la historia de Egipto.
Nada quedó tras su muerte, nada de su obra, nada salvo el recuerdo de un faraón que creyó poder cambiar el destino de su país. Se borró su nombre de la lista de los gloriosos soberanos del valle del Nilo. Amón, «el dios carnero», volvió a ocupar el puesto de dios supremo. A Akhenaton le sucede su yerno Smenker, al que reemplazó en el trono Tutankamon, el «faraón niño»...
¿Y si la historia no fuera como nos la han contado? Aquí surgen los que dan una reinterpretación a este periodo histórico basándose en la revolución monoteísta y en la cronología. Unos dicen que en realidad Akhenaton fue el patriarca Abraham. Esa es la tesis de dos hermanos investigadores franceses, Roger y Messod Sabbat, expuesta a finales del año 2000 en su libro Los secretos del Éxodo. Para ellos, el famoso éxodo bíblico fue la expulsión de Egipto de los habitantes monoteístas de Akhetaton, ya saben, la ciudad de Akhenaton. Cuando el faraón Ay sucede a Tutankamon, que remó del 1331 al 1326 a. C. como un furibundo politeísta, decide dar la orden de expulsar del país a los seguidores de Akhenaton (Abraham) hacia Canaán, provincia situada a diez días de marcha desde el valle del Nilo. No se llamaban hebreos, sino yahuds (adoradores del faraón) y, años después, fundaron el reino de Yahuda (Judea). No es todo. El protagonista del éxodo, según los hermanos Sabbat, fue el general egipcio Mose (Ramesu), que después se convertiría en Ramsés I, quien inicia la dinastía XIX, una nueva identidad para el camaleónico Moisés.
Si les parece fantástica esta hipótesis, la que mantiene el investigador egipcio Ahmed Osman les dejará patidifusos. Célebre por haber identificado al abuelo de Akhenaton, Yuya, con la figura del José del Génesis, ataca de nuevo y expone en otro de sus libros, Moisés, faraón de Egipto (1991), que para él Akhenaton fue el Moisés del Antiguo Testamento. Como lo leen. Y dando un salto en el vacío, casi de vértigo, en su siguiente obra, La casa del Mesías (1992), asegura que Tutankamon fue nada menos que Jesús de Nazaret.
A veces es difícil ligar la historia con la coherencia.

 

 

 

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